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Historias de Entre Rios
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  Libro I
Capítulo 5
Ocurrió en el Delta

 

Vivía un presente precario con un futuro incierto. No tenía planes, ni metas, ni ideales, ni ambiciones, ni sueños. Tampoco tenía pasado. Solamente existía. Por miles de años sus antepasados se habían aislado del resto de la raza humana en esta tierra solitaria de frondosa vegetación, cruzada sin piedad por rojizos ríos correntosos y anchos como mares. Hasta ese momento no sabía que existían otras civilizaciones en este mundo, que se preguntaban por qué existían y hasta trataban de encontrarle un sentido a la vida misma.

El Tuvichá -el líder del grupo- tenía un aspecto triste y taciturno, pero francamente aterrador. Su cabeza era grande con el pelo grueso, duro y lacio; la cara ancha con barba rala, pómulos y cejas salientes. Los ojos pequeños, negros y hundidos, delataban una inteligencia bruta y ladina. No imaginaba una vela para que el viento mueva las canoas sin remar o hacer una embarcación más compleja que un simple tronco hueco. No se le había ocurrido montarse sobre grandes animales domesticados para recorrer largas distancias tierra dentro. No podía tener abstracciones mentales complejas para definir la ética, la estética o la moral. Sólo distinguía instintivamente lo bello de lo feo, lo malo de lo bueno, lo conveniente de lo perjudicial. Por el contrario, sus sentidos del oído y del olfato eran extremadamente agudos. La nariz era estrecha en la base, pero con ventanas anchas y abiertas. Tenía la boca grande con labios muy gruesos. Su porte era serio, hosco y feroz.

El Jefe no tenía rivales en su grupo y era muy baquiano para sobrevivir entre toda la gente de la región, donde la vida no valía nada. Casi todos sus hombres tenían una valentía sin miedos, hasta irresponsable. El Jefe, en cambio, era valiente pero no suicida. A diferencia de la mayoría, prudentemente no buscaba pelea, pero cuando ya estaba dentro de la lucha era un salvaje, con ventaja o sin ella. Sabía adivinar y después evitar el peligro innecesario. Esa sabiduría no era muy popular entre el resto sus semejantes y por eso no vivían lo suficiente para llegar a disputarle su liderazgo. Entre los vivos, ninguno podía igualarlo en la fiereza sus habilidades marciales. Espantosas cicatrices por todo su cuerpo eran la prueba evidente de lo cerca que le llegaron algunos enemigos, pero ninguno vivió para contarlo. El Tuvichá era respetado, admirado y temido por todos los demás. Y era así como debía ser. Todos los grupos que se enfrentaron al suyo habían quedado sin guerreros vivos. Para sobrevivir como forastero en estas tierras había que saber diferenciar muy bien a cada pueblo y conocer sus principales costumbres y características. El experimentado Jefe ya había matado y comido por lo menos a un hombre de cada tribu conocida y podía identificarlos hasta en la oscuridad.

En el medio de la canoa de guerra, el Tuvichá iba con gesto fiero, como queriendo espantar al enemigo antes de que se atreva. Veinte remeros hundían cuidadosamente la pala, la empujaban con fuerza produciendo pequeños remolinos y la volvían a levantar sin ruido, pausadamente. Nadie hablaba. La enorme canoa rompía suavemente la superficie del agua que parecía un espejo firme y plano. Algunos árboles tenían sus ramas inclinadas hacia abajo y al tocar el agua Arroyo continuaban en el reflejo, otros juntaban sus copas por encima del arroyo que dividía las islas. De tanto en tanto, las enredaderas y los pajonales dejaban libres algunos pequeños claros de costa barrosa. Habían dejado atrás la seguridad del ancho río Paraná Guazú que fácilmente les permitía viajar a más de cien pasos largos de la costa y con el sol de la tarde a sus espaldas. Ahora ya habían doblado a la derecha para internarse en un angosto brazo de agua. La tarde envejecía y muy pronto sería de noche.

Tres pequeñas piraguas con expertos guerreros iban adelante. Ellos debían explorar por turnos rotativos el arroyo y sus orillas. A la menor señal, la canoa de los guerreros se prepararía para el combate. Todos sabían que llegado el momento, deberían bajar a tierra firme rápidamente, presentando la lucha cuerpo a cuerpo. En la canoa quedarían como patos dormidos a merced del enemigo. No había margen de maniobras para la defensa. Estaban al alcance de las flechas que fácilmente podían ser arrojadas desde tierra firme. Podían sentir el olor a ansiedad que emanaba la propia piel. Morir era cosa de todos los días, pero sentir la carne inesperadamente desgarrada en frío era una tortura. Después, podían venir días de interminable sufrimiento.

Muy diferente era al calor de la pelea. Se recibían cortes y golpes sin dolor y todos remataban a sus enemigos heridos e indefensos. Muy doloroso era no ser degollado y escapar a salvo con los suyos, sufriendo hasta morir o sanar. Unos pocos ya lo habían sentido en carne propia. La mayoría, había visto de cerca ese horror en otros. Esta parte aislada de la humanidad desconocía la tortura, al contrario, más bien practicaban la rápida eutanasia del degüello de los enemigos y a veces hasta de los compañeros heridos de muerte.

Más atrás, a una distancia prudente, venían dos grandes canoas de carga con las mujeres y los niños. Desde que entraron al arroyo, todos menos los remeros, venían echados en el piso y tapados con gruesas pieles de animales. Eso les serviría de escudo contra accidentales flechas de puntas de piedra, arrojadas por cualquiera de los bandos. Si había pelea, ésas dos canoas serían el botín del vencedor.

Por último viajaba la cuarta gran canoa con los guerreros más jóvenes e inexpertos, que solamente cuidaban la retaguardia y reforzarían la lucha cuando la embarcación del Jefe, por su posición, recibiera el primer ataque. Entraban en combate un poco más tarde y difícilmente definirían el resultado de la batalla. Si los verdaderos guerreros irían perdiendo, los novatos se enfrentarían a una muerte segura. Si los más experimentados estuvieran ganando, entonces los dejarían matar, quizás a su primer hombre, o bien, practicar el degüello de los heridos para que se vayan fogueando.

Varias piraguas de a dos guerreros en cada una protegían las dos orillas a lo largo del convoy para dispersar un presunto ataque. Estaba claro de que no serían una presa fácil. Sin embargo tendrían al menos diez muertos antes de poder presentar batalla. Ya estaban cerca, pero la distancia parecía interminable. Antes de que oscurezca, los forasteros arribarían a las chozas que habían abandonado durante el invierno.

El Jefe sabía muy bien que en estas tierras del Sur, los habitantes locales eran muy primitivos. Vivían de la caza, de la pesca y de las frutas silvestres. Más que poblados, formaban campamentos de construcciones livianas y transportables. Atacaban sin miramiento a todo el que se pusiera al alcance de sus flechas y lanzas. A las embarcaciones que pasaban a lo lejos en el ancho río, las provocaban dejándose ver en algún claro de la costa, mientras una cantidad desconocida de guerreros se ocultaba en la espesura de la vegetación. O quizás no había nadie más. Se tenía que aceptar la apuesta para saber. Si la embarcación seguía su camino, quedaba claro quien era el más macho en ese territorio. Hasta por diversión o deporte, a veces los viajeros aceptaban el reto y tocaban tierra. Entonces los de la costa trataban de acribillarlos a flechazos. Si eso no resultaba suficiente, entraban en un feroz combate cuerpo a cuerpo, donde cada uno salía victorioso o moría matando. Una vez empezada la lucha, jamás se retiraban. A los guerreros enemigos más valientes, una vez muertos, les comían el corazón para absorber su bravura y habilidades bélicas. A las mujeres del enemigo se las llevaban como cautivas y a los niños los adoptaban, cualquiera fuera el pueblo al que hubieran pertenecido. Por eso tantos habitantes estaban mestizados entre las distintas naciones.

El Tuvichá y su gente eran carios, un pueblo semisedentario que vivía preferentemente en el Jasyretâ, una región muy al Norte de estas tierras. También cazaban y pescaban, pero además sembraban y cultivaban. Algunos grupos, cada vez más numerosos, bajaban a este delicioso Delta donde la calidad de vida era muy superior. Sin embargo, no lo soportaban durante el invierno. Por eso emigraban al mismo tiempo y en la misma dirección que los patos. Se juntaban recorriendo los ríos en grandes canoas y en épocas de guerra eran buenos para la piratería y el pillaje. En la paz, por ser mucho menos ariscos que los demás, hacían de intérpretes entre las distintas tribus. Su idioma era muy completo y nombraron la geografía de la región con mucha precisión. También bautizaron a todos los peces, animales y pájaros de la zona. Esto no era fácil y seguramente nunca terminarían la lista.

La madre del Jefe había sido una cautiva de estos habitantes del sur, un pueblo donde los hombres se tatuaban tres líneas azules que partían del extremo de la nariz hasta los cabellos de la frente. Otros, en cambio se pintaban el pecho, la espalda y a veces los brazos. Todos sabían andar completamente desnudos, aunque algunos se cubrían con una especie de camisa sin mangas hecha de pieles cuando hacía más frío. Usaban con destreza el arco y las flechas, las boleadoras, la honda, la lanza y la maza.

Nada acobardaba a los forasteros que ya estaban muy próximos de llegar a destino. Ellos también eran muy valientes. Nadie que no lo fuera podía sobrevivir en estas tierras. Después de miles de generaciones, la selección natural hizo sobrevivir solamente a los que tenían los cinco sentidos más agudos, más un sexto sentido que les avisaba de un peligro inminente y las capacidades físicas y habilidades innatas para afrontar toda clase de agresiones. Los forasteros sabían que a pesar de las tantas tribus de distintas clases, en estas tierras no eran muy numerosas y su gente no estaba peligrosamente concentrada en un sitio. Eran nómades por naturaleza y el mayor peligro era encontrarse con algunos de ellos por casualidad, porque se desplazaban de un lugar para el otro sin un plan preconcebido. En este viaje habían recorrido grandes distancias desde que el río Paraná comienza a doblar hacia el Este sin ver a nadie, ni navegando, ni en tierra firme. Sin embargo, tenían el instinto de los depredadores para encontrar víctimas indefensas y éste era el peor momento del viaje para toparse con ellos.

Las naciones de estas tierras aparecían y desaparecían por ciclos. No había razas muy puras y diferenciadas unas de otras por la costumbre de tomar como botín de guerra a las mujeres y los niños que automáticamente pasaban a formar parte del pueblo ganador, con el consiguiente cruce de sangres. Un hombre se diferenciaba de otros hombres, solamente por su fuerza y habilidades. Una mujer se diferenciaba de otras, solamente por su atractivo y capacidades matriarcales. Una de las grandes virtudes de estos pueblos, es que la gente era valorada por lo que era y no por sus orígenes. Los que mandaban, eran los líderes naturales que surgían del montón. Los habitantes se agrupaban en poblaciones y sociedades alrededor de una autoridad que era efectiva y conveniente. Cuando esa autoridad desaparecía por causa de una guerra, por muerte sin reemplazo adecuado o sólo por su propia ineficiencia, entonces la gente se dispersaba en diferentes grupos. Los pueblos y las naciones aparecían y desaparecían, pero la gente permanecía con sus mismos valores y creencias. Realmente no necesitaban la rueda.

Finalmente las piraguas de los exploradores arribaron a la orilla donde todavía estaban las chozas que habían dejado el año anterior, sin mostrar ningún daño aparente. Rápidamente revisaron el lugar y sus alrededores. Pasaron la voz a las demás embarcaciones. Felices, llenos de entusiasmo y con un profundo alivio, todos pisaron tierra firme. Ahora estaban seguros. El peligro había pasado. Establecieron los lugares y los turnos de guardia entre los guerreros. Rápidamente empezaron a barrer las chozas con ramas de árboles como escobas. A partir del día siguiente plantarían mandioca (tapioca), abatíes (maíz) y calabazas. Cocinarían chipá (panes de harina de mandioca) y se pondrían a trabajar en muchas otras cosas que nadie sabrá jamás, por que ellos no sabían escribir. Sus nombres, sus sueños, sus ideas individuales, sus anécdotas y los acontecimientos más importantes de sus vidas nunca quedaron registrados en ningún documento. Ese arriesgado viaje sería olvidado con el tiempo, como si nunca lo hubieran hecho. Como si nunca hubieran existido.

  Tupã y Arasy

Por primera vez en semanas todos tuvieron un descanso reparador durante la primera noche en el Delta. El Tuvichá amaneció sin el ceño fruncido y además sonriente… Igual era más feo que el hambre, pero ya no espantaba ni al los gurises (niños). En el peligro de la batalla, si alguien no le obedecía inmediatamente cada una de sus breves órdenes, el Tuvichá era capaz de arrancarle la cabeza de un garrotazo. Pero en los momentos de paz y tranquilidad era charlatán, dicharachero, bromista y encima consultaba a todos los Tevy (jefes de familia) sobre cómo organizar de la mejor manera el trabajo y la vida cotidiana de su comunidad.

Nadie era Jefe por herencia, por mandato divino ni por acuerdo constitucional. El Tuvichá tenía que ganarse la simpatía y el respeto de su gente día a día para no ser destituido y reemplazado por otro más capaz, más popular y mejor aceptado. En la guerra tenía que ser un déspota que no cometía errores y el la paz debía consultar a los ancianos y jefes de familia, para mantener el orden por consenso.

El Tekoa o comunidad, consistía de ocho casas en círculo alrededor de un gran patio, que era como una plaza pública donde jugaban los gurises a la vista de sus madres, o se celebraban las fiestas, o se hacían simples reuniones sociales o de trabajo, o se celebraban los juicios y hasta las ejecuciones de los delincuentes. También, cada tanto había duelos en la plaza para resolver algún pleito entre dos hombres, sin armas y a puñetazos, hasta que uno de los dos se rendía voluntariamente tirándose de espaldas en el suelo. Era una manera muy práctica de decidir quién tenía razón, cada vez que no se ponían de acuerdo por las buenas.

Guaraníes Se llamaban a ellos mismos Oikovéva, un hermoso nombre que significa “el habitante de la tierra”. El Tuvichá, se sentó esa soleada mañana en la plaza con todos los Tevy o jefes de familia. Había un buen humor generalizado y se comportaban como felices turistas recién llegados a un “resort” para pasar el verano. Todos charlaban animadamente mientras tomaban mate. El mate es una infusión como el té o el café, pero que se debe tomar siguiendo un protocolo social. La yerba mate se cosechaba de grandes árboles del norte que crecían en el Jasyretâ. Las hojas tiernas se secaban al sol, se picaban y las servían en calabacitas de madera que crecían en las plantas de mate, que son una especie de enredadera. Servían el agua caliente (¡pero sin hervir!) en la calabacita con yerba y la chupaban por un agujero o “boca” del mate, usando un tubito o “bombilla” hecha de una caña hueca, con pequeñas perforaciones en el extremo introducido en la yerba mojada y de la otra punta se chupaba con la boca. Cada uno chupaba dos o tres tragos, pasaba el mate al vecino y así sucesivamente hasta que se acababa el agua de la calabacita. Entonces el “cebador” le ponía más agua caliente al mate y lo devolvía al que se lo había entregado vacío. Así el mate “daba la vuelta” una y otra vez en todo el círculo de personas, donde cada uno tomaba dos o tres tragos por turno. A través de este rito social, quizás milenario, la conversación se hacía mas fluida, amable y casual.

Guaraníes Las casas del Tekoa albergaban a un centenar de habitantes divididos en ocho familias. Estaban formadas por armazones de ramas dobladas en curva y atadas al centro, y estos arcos se unían con varas paralelas a lo largo, de las cuales se ataban mazos de paja a dos aguas. Las puertas tenían un ancho de dos, tres y hasta cuatro pasos. Techo y pared eran una misma curva, que una vez cubiertas con paja, podían llegar a tener 15 pasos de largo, según el tamaño de la familia que alojaban. Cuando la familia aumentaba, también se aumentaba el largo de la casa. El frente que daba a la plaza se cubría con pieles y cueros de animales que hacían la función de puerta y de cortina al mismo tiempo. El fondo se cerraba con una pared como la de los laterales, de ramas y paja. El suelo era de tierra firme apisonada y endurecida con agua salpicada cada vez que se barrían con escobas de ramas. El mobiliario era bien simple. Dormían sobre cueros o esterillas de mimbre que arrollaban durante el día. En horquetas clavadas en el suelo colgaban las bolsas tejidas de caraguatá donde guardaban los utensilios pequeños. Las vasijas de barro se amontonaban en cualquier rincón, conteniendo agua, vino de maíz, harina de mandioca, frutas y otros elementos. Los arcos y las flechas se dejaban a mano, enganchadas en las varas del techo-pared. Algunos también usaban taburetes de madera liviana para sentarse. Fuera de ese círculo de ocho casas también se construían otras más pequeñas para los visitantes, habitantes “independientes” o los recién llegados que todavía no habían sido adoptados por ninguna familia.

También estaba separada la casa del Payé, que era el médico, brujo y sacerdote del Tekoa. Los Payés tenían conocimientos sobre enfermedades, utilizaban remedios provenientes de plantas silvestres: con hongos cortaban las hemorragias, con yuyos bajaban la fiebre y aliviaban las indigestiones, el tabaco en emplastos era usado para curar lastimaduras. Con cantos sagrados se comunicaban con sus dioses y entraban en trance teniendo ensueños en los cuales averiguaban qué le sucedía al enfermo o incluso podían luchar contra los demonios para defenderlo. Creían que los dioses se comunicaban con los Payés y así obtenían sus secretos para conocer y comunicarse con los otros seres vivos. Los Payés estaban dotados de fuerzas especiales que influían en los hombres para bien o para mal. Los seres invisibles vinculados con los animales y las plantas llamados 'porá' podían hacer daño a las personas enfermándolas, causando accidentes o impedir el éxito en la caza o agricultura. Por este motivo los Payés podían averiguar las causas una enfermedad u otros males.

Todas estas construcciones estaban rodeadas por un cerco de ramas espinosas, palos y lanzas afiladas enterradas en la tierra. Fuera de la empalizada, a veces también construían un foso que dificultaba aún más el ataque externo de los enemigos. Continuamente había algunos guerreros vigilando atentamente desde puntos estratégicos sobre los árboles.

En épocas normales los Oikovéva eran monogámicos. Después de las grandes guerras entre naciones, los hombres escaseaban y se generalizaba temporalmente la poligamia para repoblar las tribus y poblados. No se casaban entre miembros de una misma familia. A veces los Tevy organizaban los casamientos para intensificar los lazos de unión entre sus familias. La mujer que se casaba, se iba a vivir con la familia del marido. El Tuvichá y el Payé eran los únicos que podían tener cuantas mujeres quisieran todo el tiempo, y generalmente acumulaban dos o tres a lo largo se sus vidas.

El jefe terminó sus capitulaciones con los cabeza de familia y la rueda del mate se disolvió. Ahora venía la hora favorita del Tuvichá. Se paró en el medio de la plaza y gritó con potente voz de mando como si estuviera en la lucha:
- ¡A ver gurises, se vienen todos y se me sientan aquí enfrente! – Se armó una revolución. Todos los niños y niñas menores de diez u once años se llamaban unos a otros a los gritos. Salían corriendo de adentro de las casas. Llegaban en malón desde la costa del río. Se empujaban unos a otros. Algunos cargaban alzados sus hermanitos menores. El bochinche era ensordecedor y el desorden descomunal. Mujeres, hombres adultos y hasta algunos viejos se paraban enfrente de sus casas o miraban de lejos, como al descuido. Otros se sentaban descaradamente entre los gurises. Nadie se quería perder el espectáculo.
Guaraníes - ¡Se me callan la boca! ¡Se me sientan en orden! – gritaba el jefe y después amenazó:
-¡O me mando a mudar!
- ¡NOOOOO! – le gritaron felices todos los gurises, que hicieron caso obedientemente. El Tuvichá, siguiendo una tradición milenaria, continuaba - muy a su manera - con la transmisión de su cultura, boca a boca y de generación a generación.
-¡A ver! ¿Quién es el menos bruto de todos ustedes?
- ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!... - le gritaban los gurises. Los mayores - hasta algunos viejos – se quedaban cerca como al descuido, pero se empezaban a poner más cómodos. Los hombres cruzaban los brazos, y fingiendo una actitud distraída apoyaban todo el peso del cuerpo sobre una sola pierna, y torciendo la cadera dejaban descansar la otra pierna. Ponían cara de “¡qué me van a contar a mí, que yo no sepa!”; o bien “esto es cosa de gurises”… pero se quedaban. Otros hasta sacaban taburetes a la puerta de sus casas. Las mujeres continuaban con lo que estaban haciendo, pero salían afuera de la casa, o se acercaban disimuladamente un poco más para poder escuchar mejor. Todo ese público secundario fingía no prestar mucha atención, pero no se perdían una sola palabra del Tuvichá. Los gurises, después de tan largo y aburrido viaje, estaban encantados.
-¿Qué historia quieren que les cuente?
- ¡La del tero! ¡La del camalote! ¡La del hornero! ¡La del chajá! – pedían los gurises más grandes, cada uno su favorita. El jefe sacudía la cabeza como si estuviera indeciso, fingiendo no saber el tema que les hablaría esa mañana.
- ¡La de las islas! ¡La de las ánimas en pena! – continuaban los gurises sin parar. Hasta que finalmente uno de los más grandecitos gritó:
- ¡La de Tupã y Arasy!
El jefe lo señaló con cara de asombro, como queriendo decir: “¡Esa está muy buena!”.
- ¡Tupã y Arasy! ¡Tupã y Arasy! ¡Tupã y Arasy! - Empezaron a gritar todos los gurises, a pesar de que la mayoría de ellos no tenía la menor idea de lo que se trataba. El jefe extendió los brazos al frente con las palmas de las manos hacia abajo, hasta que se hizo silencio. Ya estaba decidida la historia, fuera lo que fuera eso de “Tupã y Arasy”.

- Tupã existió desde siempre. Tupã tenía todos los poderes. Tupã estaba en medio de una gran oscuridad. Sus pensamientos eran tan profundos y perfectos que lo deleitaban en su rica vida interior, sin que nadie lo moleste en sus cavilaciones. Tenía una vida perfecta, que duraba toda la eternidad… hasta que un día… ¿Qué fue lo que pasó? ¿Alguno de ustedes lo sabe?
-¡Se repudrió de estar solo! –gritó uno de los gurises más grandes.
-Más o menos –contestó con paciencia el jefe- digamos que sintió el hastío de la soledad. Necesitaba compartir. Necesitaba ver lo que le rodeaba, pero no podía… ¿Por qué no podía ver?
-¡Por que no había luz! – gritó otro gurí.
El jefe asintió y se paró teatralmente con las piernas separadas, sus ojos negros fijaron la mirada en algún punto imaginario arriba y al frente, en el infinito.
- Tupã se levantó tensando sus poderosos brazos –decía el jefe mientras extendía sus manos hacia adelante y comenzó a abrir sus puños- y de la punta de sus dedos sale un resplandor con una furia peor las tormentas -los gurises ni respiraban- y aparecieron las estrellas y la luna llena iluminando por primera vez la cara recia del poderoso.
El Tuvichá frunce el seño y continúa hablando teatralmente:
- Tupã hace un esfuerzo más grande y el cielo revienta como una llamarada en los pajonales. Por primera vez aparece la poderosa luz del sol, que tapa a todas las demás. Desde entonces, esto se repetirá para siempre: salen las estrellas y la luna, aparece el sol y otra vez vuelve a caer la noche.
El jefe comienza a mirar a su alrededor con los brazos extendidos a los lados, como si fuera el verdadero Tupã admirando por primera vez la obra de su creación. Y continuó:
-¡Tupã había construido su morada para todo el resto de la eternidad! Su poder era tan grande, que cuando creaba lo que deseaba, también se le aparecía algo inesperado. Tupã observa con agrado las consecuencias de su obra y descubre, aún con más agrado, la presencia de otro ser que surgió gracias a su creación. Tupã siente que el alma se le sale del cuerpo y va al encuentro de la maravilla que sus ojos contemplan.
El jefe da unos pasos al costado y mirando al suelo, continúa hablando como si estuviera viendo un ser invisible:
Guaraníes - Allí está ella, sentada sobre una nube, con sus cabellos que caían sobre los hombros y la mirada baja, como confundida al comenzar tan de golpe su existencia bajo la luz potente del nuevo sol. Tupã exclama ¡Arasy!. Entonces ella levanta la mirada y es como si se levantaran todas las estrellas. ¡Arasy! Tupã la nombra de nuevo y su voz recorre en un susurro enamorado y azul todo el universo. La ha nombrado y eso es suficiente para que ella sea ahora madre del azul eterno, Madre de los Cielos. El sol se escondió ante tanto amor y bajo la luz de las estrellas se amaron intensamente. Tupã jamás estaría solo durante el resto de la eternidad. Así es como debe ser.

El Tuvichá era un excelente actor y los gurises estaban con ojos de guanaco degollado, la boca medio abierta y todo el Tekoa guardaba un profundo silencio. El Jefe continuó:
- A la mañana siguiente, Tupã y Arasy, con un brillo nuevo sobre sus cuerpos contemplan el universo azul. Arasy señala hacia abajo, a una colina verde, y dice: “ésa puede ser la morada para nuestros hijos”. Tupã la mira con ternura y asiente: “que así sea” y bajan desde las nubes a los cerros del Areguá. Ante su sola presencia divina los valles explotan en bosques como llamaradas verdes. Se abrazan y surge agua como mares. Se besan y todas las aguas de la tierra se llenan de peces. Donde caminan van surgiendo las flores. Se toman de las manos y surgen bandadas de pájaros que escapan hacia el cielo. Las golondrinas buscan los lugares más altos para hacer sus nidos. Los cóndores buscan las montañas mas altas del mundo. La pareja suspira de felicidad y surgen todos los jurumi, los mborevi, los tagua, los jakare, los aguara, los ciervos de los pantanos, los karaja, los ka’i, los flamencos, las garzas, las cigüeñas, los koati, los gua’a, los mua, los guasu, los carpinchos, las nutrias, los kure ka’aguy, los ñandú y todos los demás animales. ¡Qué gran día fue ése gurises! Todo surgió de golpe, perfecto y para siempre… ¡Pero todavía faltaba lo mejor!

El Tuvichá hace una pausa, observando el estado de hipnotismo de su audiencia, se siente feliz y prosigue:
- Parte del valle se llena con las aguas mágicas del lago Ypakarai, entonces Tupã y Arasy miran hacia abajo y de su reflejo divino nace un hombre como Tupã y una mujer como Arasy. La pareja recién creada se echa de espaldas al suelo en señal de obediencia y respeto a sus creadores. Les ordenan que se levanten y Tupã pone la mano derecha en el hombro del hombre y le dice: “Desde hoy, todas las cosas que fueron creadas estarán a tu servicio. Te llamarás Rupave, padre de los Oikovéva. Cumplirás tu misión respetando todas las cosas de la Tierra. Procrearás con la mujer. Buscarás tu propia felicidad. Te alimentarás de las hierbas y de los animales que he puesto en este reino. Deberás vivir entre el bien y el mal. Para recordártelo siempre, he creado a Angatupyry, espíritu invisible del bien y a Tau, espíritu invisible del mal. En el equilibrio de sus fuerzas encontrarás guía. La presencia de Tau te obligará al esfuerzo y de esa manera comprenderás el valor de todas las cosas. La presencia de Angatupyry te compensará la maldad de Tau y su fuerza te sacará de las enfermedades y otras calamidades”. Arasy puso la mano sobre el hombro de la mujer y le dijo: “Como has nacido a mi reflejo, te impongo por nombre Sypave, madre de los Oikovéva. Procrearás con el hombre. Cuidarás de tus hijos y de la Tierra. Guardarás especialmente el fruto de arasa que aquí te entrego y que enriquecerá a tu vida”. Dicho ésto Tupã y Arasy abandonaron la Tierra y en ese mismo momento los tajy, los jacarandá y los chivatos se cubrieron de flores. Los mangos, las papayas y los aguacates, maduros y enormes colgaron de las ramas de sus árboles. Rupave y Sypave se abrazaron tiernamente y se entregan al amor sobre la hierba. Entonces comenzó la vida.

La voz del Tuvichá llegaba clara hasta la choza del Payé, que sentía una envidia incontrolable. El Jefe hablaba muchas lenguas y además, dominaba maravillosamente a su propio idioma. El guaraní era muy completo, rico en palabras y expresiones, que el Tuvichá utilizaba a la perfección. Cada vez que el Payé trataba de contar lo mismo la gente se aburría. En cambio ahora estaban embelezados.

El Payé no podía morir en las batallas. Su conocimiento y habilidades eran muy valiosos para el resto de la gente. Por eso debía soportar la humillación de viajar en la canoa de las mujeres. No lo degollaban en la derrota. Lo adoptaban como a un niño. En cambio el Tuvichá tenía que defender la comunidad establecida con su propia vida. Por eso lo respetaban, lo amaban y le obedecían. Al Payé, solamente le tenían temor. Hablaba con Angatupyry, con Tau y los demás espíritus invisibles. Todas las mujeres querían ser hembras del Tuvichá voluntariamente. El Payé las tenía que obligar y después se sentían desgraciadas. El día que el Jefe encuentre la horma de su medida y le den su merecido, el Payé estará feliz. Los malos instintos estaban extendidos en mucha gente ladina que habitaba este continente.

 

 

 

Continúa...

 

 

 

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