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Historias de Entre Rios
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  Libro I
Introducción
El pasado nunca cambia, lo que cambia es la Historia

 

El pasado es inmutable, inalterable y permanente. La Historia es la forma en que nos cuentan ese pasado.

Hace dos mil quinientos años, los griegos creían que las enfermedades eran una venganza de los dioses, hasta que Hipócrates creó una nueva ciencia llamada Medicina. También creían que la mala o buena suerte del futuro ya estaba predeterminada en el destino. Antes de tomar cualquier decisión importante, los gobernantes consultaban al dios Apolo a través de la sacerdotisa Pitia en el oráculo de Delfos.

Heródoto y Tucídides comenzaron a decir que la mala suerte colectiva y hechos tales como perder una guerra, no era una venganza de los dioses contra los gobernantes, sino una consecuencia de sus propios actos por ignorar las enseñanzas del pasado. Entonces crearon una nueva ciencia llamada Historia.

No hay que confundir a un libro de Historia con una enciclopedia que enumera cronológicamente a los hechos conocidos del pasado. La Historia es una ciencia que analiza ese pasado enciclopédico para sacar conclusiones que nos permitan tomar mejores decisiones en el presente. Historia es la enseñanza que surge de analizar los hechos del pasado.

Napoleón dijo: "¿Qué es la Historia, sino una fábula consensuada?". En otras palabras, la Historia es un cuento que casi todos creemos que es cierto. La versión consensuada de la Historia, que es de conocimiento público y que ha sido aceptada por generaciones, debe ser permanentemente auditada con inteligencia y espíritu crítico.

Siempre hay que dudar de la enseñanzas del pasado cuando se descubren incongruencias, contradicciones, imprecisiones o afirmaciones que desafían a nuestra lógica y sentido común. La simple unanimidad y permanencia en el tiempo de una versión específica del pasado, no es un certificado de veracidad histórica.

Las diferentes culturas del mundo son el producto de su propia evolución. Hay pueblos que conocen bastante bien su propio pasado. Otros no tienen la menor idea. La ignorancia, la indiferencia y la mala interpretación de la Historia son una realidad común en casi todos los pueblos fracasados del presente.

La Historia deja de ser una fábula para transformarse en una ciencia, solamente cuando nos aclara por qué pasaron y siguen pasando las cosas que nos ocurren. Ningún pueblo nació de un repollo. No hay presente sin explicación en el pasado. No hay consecuencia sin causa. La verdadera Historia existe aunque se desconozca, se niegue, se ignore, se malinterprete o se oculte maliciosamente.

Según Thomas Jefferson (1743-1826) "la Historia es lo que explica muy bien en qué consisten los malos gobiernos".

En los países donde la mayoría de los dirigentes políticos actuales son deshonestos y corruptos sin escrúpulos, no puede ser cierta una Historia oficial llena de próceres con una moral intachable. Cuando la diferencia entre la Historia y el pasado es muy grande, entonces los pueblos actúan desorientados, sin aprovechar las buenas o malas experiencias de sus propios ancestros.

Es una verdadera pena escuchar a algunos ciudadanos del mundo que tratan de convencernos y convencerse diciendo que en su tierra tienen una música maravillosa, gente maravillosa, comida maravillosa, paisajes maravillosos, cultura maravillosa y muchas otras maravillas más, cuando en realidad vemos que están rodeados de miseria, ignorancia, injusticia, egoísmo e intolerancia. Donde el elogio tapa la autocrítica, jamás se va a mejorar. Si alguien cree que en el fondo todo está muy bien, entonces… ¿para qué va a cambiar?

Progresar es mejorar la realidad que nos rodea. El primer paso para mejorar la realidad, es identificar todo aquello que no está bien. Es necesario, pero no es suficiente. Para ser capaz de corregir, además hay que saber por qué está mal. Así funciona este valle de lágrimas.

Stephen Hawking propuso: “¿Por qué no contamos la Historia hacia atrás?”. En todo momento podemos comprobar las condiciones de nuestro presente en forma directa y sin distorsiones, entonces cabe preguntarnos: ¿Por qué estamos como estamos y somos como somos? ¿Cuáles son las causas de nuestra realidad presente?

  ¿Quién previno este presente desde el pasado?

Hoy sabemos con certeza que Entre Ríos es una provincia postergada de un pais fracasado. Es una tierra sin esperanzas donde la juventud emigra masivamente en busca de mejores horizontes. ¿Cómo se llegó a esta situación?

Larousse 1919 ¿Nadie escribió, dijo o hizo algo para prevenir este presente desde el pasado? En algún lado debe estar la verdad que nos barrieron bajo la alfombra.

Cada vez que alguien emitía una opinión en el pasado, seguramente no todos estarían de acuerdo, tal como ocurre en el presente. La ventaja que tenemos al leer todos esos documentos muchos años después, es que ya sabemos cómo terminó la película y podemos juzgar concretamente quién tenía razón.

Resulta dolorosa y absurda la definición de Argentina en un diccionario de 1919 cuando afirma:
Todo hace creer que la República Argentina está llamada a rivalizar en su día con los Estados Unidos de América del Norte, tanto por la riqueza y extensión de su suelo, como por la actividad de sus habitantes y el desarrollo e importancia de su industria y comercio, cuyo progreso no puede ser más visible.
¿Era eso lo que pensaba la gente en Argentina?

Consultemos ahora la otra versión de la opinión popular de aquella época para decidir cuál resulta más creíble. Enrique Santos Discépolo, en 1930 definía así la desocupación y la miseria argentina en el tango "Yira Yira":

Cuando rajés los tamangos buscando ese mango que te haga morfar
cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer secándose al sol
y los que estén a tu lado, se prueben la ropa que vas a dejar.


En 1932 había dos suicidios diarios en Buenos Aires y Discepolín escribía estos versos:

No doy un paso más, alma otaria que hay en mi
me siento destrozado murámonos aquí:
Pa' qué seguir así, padeciendo a lo fakir
si el mundo sigue igual, si el sol vuelve a salir.
Cachá el bufoso y chau, vamo a dormir.


En 1931 el mismo autor describió la decadencia moral argentina en "Que sapa Señor":

Qué sapa señor que es todo demencia
los chicos ya nacen por correspondencia
y asoman del sobre sabiendo afanar
ya nadie comprende si hay que ir al colegio
o habrá que cerrarlos para mejorar.


En 1935, Discépolo definía la corrupción argentina es su siempre actual "Cambalache":

Qué el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseados.
No hay aplazaos, ni escalafón, los inmorales nos han igualado.
Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón.
Es lo mismo el que labura, todo el día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley.


¿Cuándo empezó la decadencia argentina? ¿En 1930 o antes?. Sigamos rebuscando entre los libros viejos.

Carlos Octavio Bunge, fue un sociólogo y jurisconsulto que nació en Buenos Aires en 1875. Publicó el libro “Nuestra América” en 1903 (Ver Documento), que él mismo describe como un “tratado de clínica social”. Repasemos algunas frases sueltas con las que él nos dice cómo eran los habitantes de estas tierras hace más de cien años:

Los dioses han creado a los hombres para verlos descansar elegantemente. Si más descansa el rebaño que el pastor, rebaño seamos y no pastores. [...] ¿Habláis de ideales? ¿Y quién os entiende? Los ideales de la gente sin ideas están en el vientre. Comer, beber, dormir... ¿Hay algo más?...[...] ¡La política criolla! En una pereza colectiva se halla la primera razón de todos los vicios de nuestro sistema político hispanoamericano.[...] En el comercio y en la industria vemos cada día a los extranjeros monopolizar más y mejor los ramos más provechosos, los que requieren constante labor, mientras los criollos dejan deslizarse su vida en cómodos empleos oficiales.[...] Venalidad, caciquismo, flojedad, inconstancia, imprevisión, indiferencia... todo eso es, en cierto modo, lo mismo: la incuria criolla.[...] Y, si algunos no se contentan y gritan, ¿qué importa? Su prédica caerá en el vacío de la indiferencia, de la desidia del pueblo.

¿Y si retrocedemos un poco más en el tiempo? Charles Darwin estuvo seis meses en Argentina y en 1833 escribio lo siguiente en su diario de viaje:

La policía y la justicia son completamente ineficientes. Si un hombre comete un asesinato y debe ser aprehendido, quizá pueda ser encarcelado o incluso fusilado; pero si es rico y tiene amigos en los cuales confiar, nada pasará.

Es curioso constatar que las personas más respetables invariablemente ayudan a escapar a un asesino. Parecen creer que el individuo cometió un delito que afecta al gobierno y no a la sociedad. (Un viajero no tiene otra protección que sus armas, y es el hábito constante de llevarlas lo que principalmente impide que haya más robos).

Las clases más altas y educadas que viven en las ciudades cometen muchos otros crímenes, pero carecen de las virtudes del carácter del gaucho. Se trata de personas sensuales y disolutas que se mofan de toda religión y practican las corrupciones más groseras; su falta de principios es completa. Teniendo la oportunidad, no defraudar a un amigo es considerado un acto de debilidad; decir la verdad en circunstancias en que convendría haber mentido sería una infantil simpleza. El concepto de honor no se comprende; ni éste, ni sentimientos generosos, resabios de caballerosidad, lograron sobrevivir el largo pasaje del Atlántico.

Si hubiese leído estas opiniones hace un año, me hubiese acusado de intolerancia: ahora no lo hago. Todo el que tiene una buena oportunidad de juzgar piensa lo mismo.

En la Sala de Buenos Aires no creo que haya seis hombres cuya honestidad y principios pudiesen ser de confiar. Todo funcionario público es sobornable. El jefe de Correos vende moneda falsificada. El gobernador y el primer ministro saquean abiertamente las arcas públicas. No se puede esperar justicia si hay oro de por medio. Conozco un hombre (tenía buenas razones para hacerlo) que se presentó al juez y dijo: 'Le doy doscientos pesos si arresta a tal persona ilegalmente; mi abogado me aconsejó dar este paso'. El juez sonrió en asentimiento y agradeció; antes de la noche, el hombre estaba preso. Con esta extrema carencia de principios entre los dirigentes, y con el país plagado de funcionarios violentos y mal pagos, tienen, sin embargo, la esperanza de que el gobierno democrático perdure. En mi opinión, antes de muchos años temblarán bajo la mano férrea de algún dictador.


  La mentira criolla

Decía Carlos Octavio Bunge en 1903 que el hispanoamericano del siglo diecinueve ya era mentiroso o "macaneador": La mentira criolla consiste, esencialmente en orillar todas las dificultades de la realidad inventando, a gusto de cada uno, el mundo en que se vive. En otras palabras, después de inventarlas, el macaneador termina creyéndose sus propias mentiras.

El Diccionario de la Real Academia Española define a macana como “mentira o desatino - localismo que se usa en Argentina, Bolivia, Perú y Uruguay”, es decir, en toda la zona de influencia del antiguo Virreinato del Río de la Plata y Perú. En realidad, una macana no es una “mentira común”. Como decía Bunge, es una especial distorsión de la realidad, que usa medias verdades y exageraciones. Para que una “mentira” sea una macana, también debe ser creída por la propia persona que miente. Como tal, la palabra macana es un espejismo deseado que no tiene traducción a otros idiomas.

El tiempo ha demostrado sobradamente que la persona que escribió el texto del Diccionario Larousse de 1919 era un macaneador. La “riqueza y extensión de su suelo” era verdad; “la actividad de sus habitantes y el desarrollo e importancia de su industria“ era mentira; “Argentina está llamada a rivalizar en su día con los Estados Unidos de América del Norte “ era una exageración. Entre otros, la clase gobernante argentina de aquella época, hubiera jurado que esa macana era una honesta verdad, pero la realidad demostró que era un gran "espejismo deseado" que irremediablemente se disolvió con el tiempo.

¿Por qué mentía el Diccionario de 1919? Es válido hacer la especulación histórica que algunos argentinos macaneaban con el propósito de atraer a ingenuos inmigrantes europeos, que con falsas promesas llegaban a un país donde el futuro promisorio de ellos mismos y sus descendientes eran una patraña (mentira o noticia fabulosa, de pura invención) que sólo existía en la imaginación de sus promotores.

Un país de inmigrantes

Argentina fue modelada durante trescientos años de administración castellana y la fórmula no cambió con la independencia, sino que se acentuó.

La invasión territorial europea en América se basaba en pagar la conquista con abundantes tierras improductivas, ubicadas en el fin del mundo. Para que fueran un buen negocio se necesitaba gente que la trabaje. Los conquistadores, dueños de grandes extensiones de tierra, menospreciaban el trabajo manual. Los primeros dirigentes tenían el sueño medieval de convertirse en aristocráticos señores feudales.

México y Perú tenían aborígenes en abundancia para esclavizarlos. En Brasil los bandeirantes recolectaban esclavos entre los Tupí-Guaraníes y cuando escasearon, entonces importaban los esclavos de África. En Argentina se utilizó una fórmula muy diferente para poblar los campos con trabajadores: se importaron a traves de una inmigración masiva de colonos. Para lograrlo, se necesitaba una gran propaganda internacional, mostrando a Argentina como la gran tierra prometida. La gran inmigración al territorio argentino no comenzó en las pampas, que dominadas por sus habitantes originales resultaban impenetrables para el europeo. Los inmigrantes comenzaron a poblar en Noroeste, cuando gobierno provincial de Corrientes negoció el establecimiento de colonias agrícolas con el Dr. Augusto Brugnes y en 1853 se formaron las colonias de Santa Ana y Yapeyú.

Desde sus orígenes, Argentina siempre fue lo que era Buenos Aires: un puerto que monopolizaba la entrada y salida de productos de la tierra interior. Al principio, había un territorio vacío donde los habitantes originales de las pampas hacían su vida independiente. La plata y el oro llegaban del Alto Perú (hoy Bolivia) y se embarcaba rumbo a España. La aristocracia porteña vivía de esa intermediación.

La Historia que se enseña en Bolivia explica claramente que la idea de la Revolución de Mayo de 1810 en Buenos Aires, tuvo una muy buena acogida en el Alto Perú. El primer gobierno autónomo de Buenos Aires, formó un ejército que originalmente estaba compuesto por 900 fascinerosos, zaparrastrosos sin esperanza que veían a la guerra como una oportunidad para sus vidas, al mejor estilo de la vieja conquista española. Con el apoyo de la población local, la guerra del Alto Perú fue un paseo, pero los soldados porteños, tomaron como botín de guerra a la zona liberada e hicieron toda clase de desmanes entre la población civil.

Los dirigentes locales del Alto Perú también sufrieron la falta de diplomacia de Castelli, que tenía instrucciones secretas de la Primera Junta para encargarse de todos los asuntos políticos y administrativos de la región, o sea ¿gobernarlos? Desde entonces, las autoridades locales de Potosí, Charcas, La Paz y Oruro repudiaron para siempre a los gobernantes de Buenos Aires, que mataron la gallina de los huevos de oro y perdieron el negocio de la exportación de plata.

Los porteños también perdieron los actuales territorios de Paraguay y Uruguay. A partir de 1810, Buenos Aires tuvo que vivir solamente de la exportación de cueros producido en los saladeros. No era gran cosa, porque la mayor parte del territorio estaba ocupada por invencibles aborígenes a caballo, que usaban lanzas de tacuara y terroríficas boleadoras. Todavía no se había inventado el rifle y era demasiado arriesgado pelearlos de cerca.

Con el tiempo, la inmigración masiva reemplazó a las minas de Potosí. Los grandes estancieros de toda la pampa húmeda, recibieron inmensas extensiones de terreno al limpiarlos de sus habitantes originales. Con el trabajado de esperanzados inmigrantes pobres, floreció el negocio de la exportación de productos agrícolas que salían del puerto de Buenos Aires. Los impuestos aduaneros del "granero del mundo" enriquecieron al fisco y la comercialización de bienes importados formaron las grandes fortunas porteñas. A finales del siglo diecinueve, la ignota aldea de Buenos Aires se transformó en la maravilla del continente sudamericano.

La inmigración era el gran negocio de los porteños. Cuando dejó de llegar gente trabajadora como los saboyanos, rusos alemanes, sirio-libaneses, italianos y tantos otros, se produjo la decadencia de Argentina. Los descendientes de los inmigrantes no trabajaban como sus antepasados y se volvieron pobres. El sueño de todos los argentinos nuevos, también era convertirse en elegantes burócratas, gozando de la vida fácil del primer mundo que les brindaba la aristocrátita ciudad de Buenos Aires.

La capital argentina vivía del impuesto de las aduanas y del comercio exterior. La industria local, protegida e ineficiente, nunca prosperó. Los productores y los ahorristas locales siempre fueron víctimas de los poderes financieros y de la banca, frecuentes aliados de una clase política ancestralmente corrupta. La única producción competitiva de riqueza siempre ha sido fruto del trabajo efectivo de la gente del interior, que es como se llama en Buenos Aires al territorio agentino.

Desde mediados del siglo XX fracasaron todos los intentos de inmigración de nuevos trabajadores. Los franceses argelinos que llegaron en los sesentas y los coreanos de los setentas fueron el mejor ejemplo. Ni la primera generación de agricultores se quedó en el interior, como pretendía el plan original.

Los descendientes de las sucesivas oleadas de inmigrantes, durante todo el siglo XX se fueron en busca de mejores perspectivas, encandilados por las luces de Buenos Aires. La capital porteña quedó rodeada por casi la mitad de todos los habitantes del país. A muy pocos se les cumplió el sueño de formar parte de la clase media acomodada. La mayoría se transformó en simples laburantes de la gran ciudad. Los menos afortunados formaron parte de las periféricas villas miseria.

Nadie se hace rico trabajando

Al llegar el tercer milenio, los que trabajaban en Argentina eran los chilenos en el Sur, los paraguayos en el Noreste y los bolivianos en el Noroeste. Poco a poco, estos nuevos trabajadores también se fueron concentrando en Buenos Aires, para tomar los puestos de trabajo que no eran del agrado de los argentinos.

La vieja fórmula virreinal de despreciar el trabajo individual y vivir bien del esfuerzo de los demás, no sirve si todos piensan igual. Cada vez que llegaban oleadas de nuevos inmigrantes, la economía argentina mejoraba. Pero irremediablemente los hijos de esos inmigrantes siempre se argentinizan y dejaban de trabajar. Ese modelo de país, moldeado desde la ciudad de Buenos Aires, resultó un fracaso y nadie quedó conforme.

Decía Bunge que el habitante de estas tierras en 1903, no tenía un ocio creativo (filosofar o hacer deportes) como el de la antigua cultura griega. Por el contrario, "La pereza criolla consiste en una absoluta falta de actividad, física y psíquica". El indio "está enfermo de pereza total" y el conquistador europeo tampoco trabaja "por no querer desgastar sus fuerzas sino en placeres".

Al referirse a la pereza criolla, Bunque se equivocó porque miraba a la realidad americana desde el filtro de la gran ciudad porteña. Los nativos y criollos chilenos, bolivianos y paraguayos de la actualidad no son haraganes, sino todo lo contrario. Son capaces de trabajar de sol a sol durante todo el año. Se vuelven haraganes después de vivir una generación dentro del territorio gobernado desde Buenos Aires, como ya pasó antes con los todos demás inmigrantes europeos y asiáticos. Es notable la similitud con los habitantes de México, que son haraganes en su país y extraordinarios trabajadores en los Estados Unidos.

El régimen social, político y económico argentino, desprecia el trabajo manual y tampoco recompensa a la iniciativa individual. El argentino no trabaja por falta de reconocimiento social e incentivos. Tampoco reconoce ninguna diferencia entre el que se enriquece honestamente y "el que vive de los otros" como decía Discépolo, porque ambos son repudiados por igual. A finales del siglo XX ya lo dijo muy claro un dirigente gremial llamado Barrionuevo: "En Argentina, nadie se hace rico trabajando". No dijo muchos ni la mayoría. Dijo nadie y así lo que creen los argentinos.

El argentino, por idiosincrasia resultó un haragán inconforme. Desea la riqueza material pero no hace ningún esfuerzo verdadero para conquistarla, sino que la espera casi de regalo (como un derecho sin grandes obligaciones) y además, considera que su propia escasez es una injusticia social producida por los que tienen una mejor situación económica. Lame las propias heridas de su pobreza, odiando y envidiando a todos los que son más ricos, aunque lo hayan logrado por méritos propios, dentro del país o en el extranjero. Considera un explotador a todo el que vive mejor que él. No admira el talento ni el esfuerzo individual de los más capaces.

La sociedad argentina no reniega de su ignorancia, al contrario, la exibe con orgullo. Los ídolos más populares son grandes transgresores (quebrantar, violar un precepto o norma establecida) como Gardel, Evita, el Che Guevara y Maradona.

El broche de oro en el análisis de nuestra evolución histórica lo sintetizó magistralmente Tato Bores, el gran humorista argentino de finales del Siglo XX:

¡Qué país! ¡Qué país! ¡No me explico por qué nos despelotamos tanto... si éramos multimillonarios!
Usted iba y tiraba un granito de maíz y ¡paf !, le crecían diez hectáreas... Sembraba una semillita de trigo y ¡ñácate!, una cosecha que había que tirar la mitad al río porque no teníamos dónde meterla...
Compraba una vaquita, la dejaba sola en el medio del campo y al año se le formaba un harén de vacas...
Créame, lo malo de esta fertilidad es que una vez, hace años, un hijo de puta sembró un almácigo de boludos y la plaga no la pudimos parar ni con DDT. Aunque la verdad es que no me acuerdo si fue un hijo de puta que sembró un almácigo de boludos, o un boludo que sembró un almácigo de hijos de puta.


La Biblia junto al calefón

¿Acaso no vale la pena volver a leer los viejos libros olvidados? Partiendo desde la certeza de esta realidad presente, a medida que nos vamos atrasando en el tiempo surge una nueva visión de nuestro pasado. ¿Acaso no existen suficientes motivos como para despertar a nuestra curiosidad e investigar en nuestra propia Historia?

Lo que ocurrió en el continente americano desde los orígenes de los tiempos hasta hace quinientos años atrás hay que adivinarlo a través del hallazgo de utensilios, ruinas o huesos en distintas capas de tierra. Las viejas capas de hielo acumuladas en los polos terrestres, permiten hacer un repaso de la evolución del clima en los últimos cientos de miles de años.

Para que exista una civilización, es necesario concentrar grandes cantidades de gente. Los seres humanos que viven de la caza y de la pesca, solamente pueden subsistir en pequeñas cantidades de personas esparcidas en un enorme territorio. Las grandes concentraciones humanas requieren del alimento producido con la agricultura y la ganadería. El clima y la evolución de la vida en el planeta es fácil de entender. Recientemente se descubrió la importancia del clima en la evolución de las grandes civilizaciones humanas, porque todas fueron dependientes de la agricultura y por ende del clima. La Historia nos enseña que la forma más efectiva de borrar una civilización de la faz de la tierra ha sido matarla de hambre con un simple cambio del clima.

La verdadera Historia escrita en el continente Americano comenzó el 12 de octubre de 1492. Los pocos documentos anteriores a esa época fueron destruidos por razones religiosas y sólo quedaron retazos, con más valor para los coleccionistas que para los Historiadores. No se puede negar la existencia de un frondoso pasado precolombino, aunque no exista una Historia que nos lo cuente. Tenemos que eliminar la idea que los que no sabían escribir no existieron.

A los documentos originales más antiguos hay que filtrarlos por las limitaciones culturales y sociales de sus autores. Los que leyeron esos documentos y los comentaron a lo largo de los últimos cinco siglos, tampoco estaban exentos de los prejuicios de su propio presente. La única forma de acercarnos a la realidad, es conocer profundamente la mentalidad de los autores y valorar el ámbito de la realidad histórica en que fueron escritos. ¿Hay que ignorar la obra de Hernando del Pulgar? ¡No! Pero hay que leerla sabiendo que era la versión que la clase dominante de aquella época quería que nos llegara a nosotros. Los inconformes de cualquier época también nos pueden transmitir información muy valiosa y el Padre Fray Bartolomé de las Casas es un buen ejemplo. Sólo de nosotros depende hacer el balance para aproximarnos a la verdad histórica. En guerra avisada no muere soldado.

Después de la dictadura de Franco, en España creció una nueva generación que con total espíritu de independencia volvió a revisar los abundantes archivos históricos. Esta brillante legión de Historiadores contemporáneos quiere llegar al fondo de cada cuestión. A la luz de los acontecimientos y sus consecuencias, tratan de encontrar una explicación a cada incógnita del pasado.

Es escalofriante poder trazar la línea de continuidad entre la revolución Trastámara, la formación del Imperio trasatlántico de Carlos V y la Conquista del Desierto de Julio Roca. Todas ellas fueron empresas gratis, que se autofinanciaron como una víbora que se alimentaba de su propia cola. Es emocionante poder descubrir por qué Urquiza fue asesinado por un aliado a su causa. Es energizante poder establecer los motivos más profundos del fracaso argentino para construir un país en serio. Es inútil averiguar quién tuvo la culpa, si no nos sirve para corregir nuestro presente. Para empezar, hay averiguar la verdad caiga quien caiga, sin remordimientos ni gentilezas. La gente del presente y del futuro es la única que puede revisar y cambiar las mentiras históricas del pasado, matando la fábula para dar paso a la ciencia.

En la Historia no se puede tapar el sol con un dedo, de lo contrario se tropieza con la misma piedra una y otra vez. El hecho de que ésta sea una frase trillada, no le quita que siga siendo una enorme verdad.

 

[Capítulo 1]